En aquel 2 de marzo de 1858, en la gruta de Massabielle, la Santísima Virgen le dijo a la joven Bernadette Soubirous, arrodillada a sus pies: “deben venir aquí en procesión”. Aquellas sencillas palabras parecían significar un deseo vago, una aspiración momentánea. Sin embargo, ellas estaban dotadas de una potencia insospechada, porque eran dichas por la Madre de Dios. El pedido resonó en el mundo entero y atrajo hacia Lourdes multitudes presurosas venidas de todos los continentes, de los valles y de las montañas, de las tierras gélidas y de las regiones tórridas, de las islas más alejadas, de los recovecos más ignorados.
Otrora Nuestro Señor le dijo a un muerto, sepultado hacía cuatro días: “¡Lázaro, sal afuera!” (Jn 11, 43). Y él salió, por fuerza de la palabra divina. De la misma forma el llamado de la Santísima Virgen ––mera criatura, pero apoyada en la fuerza divina de su Hijo–– produjo el estupendo milagro de atraer multitudes incesantes y crecientes. Hace unos años, junto con dos dilectos amigos, pude constatar la atracción inimaginable de aquel llamado de la Virgen. Presencié el desarrollo de la procesión de las velas que, en primavera y en verano, se realiza en Lourdes todas las noches. Ubicado en un lugar privilegiado, vi estupefacto a la multitud que, en un orden perfecto y con una compenetración impresionante, desembocaba en la explanada frente a la basílica, procedente de una calle adyacente. Como las aguas de un río caudaloso y solemne, olas y olas de fieles se sucedían empuñando velas encendidas, que se elevaban todas al cielo cuando los cánticos repetían el coro: ¡Ave, Ave, Ave María!
La imagen de Nuestra Señora de Lourdes los precedía como reina bondadosa y muy amada. Enfermos en sus sillas de ruedas, conducidas por voluntarios uniformados, tantos que no se podían contar. Durante el día ellos son vistos también en la gruta de las apariciones, en las dos basílicas superpuestas, en el sector de los baños con agua de la fuente, por todas partes en fin. * * * El ambiente está impregnado de fe, seriedad y elevación moral. Nótase en aquellos rostros sufridos y golpeados por los infortunios de la vida un estado de espíritu que, de modo colectivo, solo constaté en Lourdes. En aquel lugar bendito, Dios opera, por cierto, curaciones estupendas por intercesión de la Santísima Virgen. Pero el mayor milagro no son los cojos que andan ni los ciegos que ven. El mayor milagro es la conformidad sobrenatural de aquellas almas. Hay en ellas una esperanza viva de que la Virgen Inmaculada las cure; pero, al mismo tiempo, una disposición de espíritu por la cual desde ya aceptan resignadamente, sin rebeldía, sin acrimonia y hasta sin tristeza, aquello que sea el designio de Dios.
La gracia impregna el ambiente de Lourdes como una niebla clara y bienhechora; posa sobre la gruta, sobre las personas, se difunde sobrenaturalmente por el aire. Después de más de 150 años de constantes milagros, una delicada capa de pátina celestial parece haberse extendido por todos los rincones que circundan el lugar de las apariciones. Vi a una señora conduciendo en una silla de ruedas a su hija, que parecía sufrir de algún trastorno nervioso. Al aproximarse del lugar donde se toman los baños con el agua de la fuente, la mujer retrocedió unos pasos, y dos o tres voluntarias cogieron a la niña y la pusieron sobre un pequeño lecho, a fin de transportarla mejor. Durante esa operación bastante simple, la mirada de la madre acompañó todos los movimientos, con tanto amor por su hija, con tanta dulzura y compasión, que parecía exclamar: “¡Hija mía, cómo quisiera verte curada! Pero si la sabiduría divina lo dispone de otro modo, quiero que sepas que seguiré amándote con toda mi alma, que no escatimaré esfuerzos para protegerte, para hacerte feliz cuanto sea posible; yo me sacrificaré por ti hasta el último aliento”.
Es la imagen conmovedora de lo que se siente en Lourdes: la mirada de la Santísima Virgen posa sobre nosotros, los necesitados y estropeados de este valle de lágrimas, produciendo una paz de alma profunda, una resignación perfecta, una elevación sobrenatural. En Lourdes hay una comunicación directa con el Cielo. ♦
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Lourdes Una Comunicación directa con el Cielo |
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