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Gabriel J. Wilson
En Francia, es la época de las flores. El palacio municipal de La Barre-en-Ouche está engalanado para el placer de sus novecientos y tantos habitantes y de todos los que transiten por aquellas latitudes. La pequeña ciudad normanda existe desde el siglo XI. Apareció al borde de una calzada romana que unía Dreux con Lisieux, la tierra de santa Teresita del Niño Jesús. ¿Por qué Tesoros de la Fe publica esta fotografía? Para mostrar que en un lugar tan pequeño, tan aislado de los grandes centros urbanos, habitado por agricultores y algunos comerciantes, la gente tiene amor por su tierra. El local municipal, como se puede ver, es de un refinado estilo clásico. Las flores le dan un encanto aún mayor, que sería la envidia de muchas grandes ciudades. Hoy en día, muchas ciudades no son más que aglomeraciones sin historia, mientras que las poblaciones de pequeñas villas como La Barre-en-Ouche tienen una profunda vinculación con el lugar. En las sociedades orgánicas, la vida circula a través de las relaciones familiares, la amistad y la dependencia natural. En la sociedad totalitaria moderna el individuo vive aislado, incluso cuando está rodeado por una multitud. Hay una falta de vínculos naturales, que dan sabor a la vida.
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