Vidas de Santos San Eloy de Chatelac

Orfebre y obispo, eximio en la virtud

Uno de aquellos santos que más se asemejan a ángeles que a simples mortales, por la inocencia y singular caridad. Tuvo una vida digna de figurar en la Leyenda Áurea. Apreció la riqueza y la belleza en el culto divino y en la sociedad temporal, persiguió a simoníacos, confundió a herejes y castigó a malos sacerdotes

Plinio María Solimeo

Fue en la ciudad de Chatelac, cerca de Limoges, en la entonces Galia, hoy Francia, que nació Eloy o Eligio, de padres nobles y piadosos de origen romano, el año 588. “Formado desde su infancia en ejercicios de piedad, sus padres le imprimieron tal desprecio por el mundo, que él no parecía haber nacido sino para tratarlo con los pies”.1

Adolescente, observando el padre su singular aptitud para los trabajos manuales, lo colocó como aprendiz de un orfebre de la ciudad, enviándolo después a Limoges, a la casa de la moneda perteneciente al fisco y dirigida por el maestro Abbon, entonces la mayor autoridad en ese oficio.

En poco tiempo Eloy hizo tantos progresos, que su maestro lo envió a París con una carta de recomendación para el tesorero del rey Clotario II, a fin de especializarse. Tenía entonces veinte años de edad, era alto y bien proporcionado de cuerpo, con una opulenta cabellera rubia que adornaba su rosto con varonil belleza. Era serio, de mirada limpia, en la cual transparencia una precoz prudencia. “Era su conversación tan honesta y agradable a todos, que en poco tiempo se granjeó en la corte muchas buenas amistades; entre otras ganó la voluntad del tesorero del rey Clotario, llamado Bobbon”.2

Premio a la honestidad

Entre las “buenas amistades” granjeadas en la corte, figuraban las de san Ouen de Rouen y san Desiderio de Cahors.

Un hecho le hizo conquistar definitivamente la simpatía del rey Clotario y transformó su futuro. Deseaba el monarca hacer un trono que fuera un reflejo de su magnificencia real y una verdadera obra de arte. Buscaba para ello al artista capaz de ejecutar su proyecto. Bobbon le recomendó a su joven protegido, enalteciendo las cualidades de Eloy.

El rey aceptó la sugerencia y mandó entregar a Eloy una gran cantidad de oro y piedras preciosas, junto con un boceto del trono. Transcurrido algún tiempo, el orfebre presentó la obra terminada al soberano. Este quedó entusiasmado y mandó doblar la suma que había prometido por el trabajo. Cuando el rey iba a partir, Eloy jaló una cortina que ocultaba otro trono, en todo igual al primero. Con el material recibido, había hecho dos tronos y no uno. Clotario quedó atónito con lo que veía. El orfebre podía perfectamente haber presentado un solo trono y apoderarse de lo que sobrara de oro y gemas preciosas. “He aquí una gran actitud —le dijo el rey—, con ello demuestras que me puedo fiar de ti para cosas de mayor consideración”. Pasó entonces a encargarlo de negocios de importancia y a contarlo entre sus consejeros y embajadores.

La hermosa y multisecular catedral de Notre-Dame de Noyon, edificada después de la muerte de san Eloy, cuya sede episcopal fue ocupada por el santo en el siglo VI

La creciente popularidad que le granjeaban sus excelentes cualidades naturales y morales, junto al favor real, no disminuyó la piedad y las devociones del joven artista. Al contrario, se preparó para esta nueva etapa de su vida asistiendo a un retiro y haciendo confesión general, empezando por mortificar su carne con ayunos y penitencias extraordinarias, pidiendo a Dios que le perdonara sus pasadas infidelidades (los santos siempre ven con claridad la maldad del pecado).

Una noche se le apareció en sueños un ángel bajo forma humana, diciéndole: “Eloy, tu oración fue por fin oída y vas a tener una garantía de lo que deseas”. Se despertó y percibió que un líquido de muy agradable olor corría de las reliquias que estaban en la pared, en la cabecera de su cama, y caía sobre su cabeza como que ungiéndolo. Esto fue el fundamento de la eminente perfección que alcanzó después, y la gracia fue tanto más abundante cuanto su humildad era profunda.

Lleno de júbilo por recibir una gracia tan grande, Eloy contó lo ocurrido a su amigo Ouen, joven señor de la corte. Este quedó tan impresionado por el hecho que, a ejemplo de Eloy, comenzó “a despreciar las delicias y vanidades del mundo y a consagrarse de todo corazón al servicio de Dios”.

En breve la reputación del santo “se hizo tan grande y tan universal, que los embajadores extranjeros que venían a la corte, concluida la audiencia con el rey, iban a visitarlo sea para obtener su favor junto al soberano, sea para gozar del placer de su compañía”.

“Nadie era más humilde y más modesto que él, y sin embargo se percibía en su rostro una santa alegría, que encantaba a todos los que tenían la felicidad de hablar con él. Jamás fue visto enfadado ni impaciente, ni osado en sus palabras, ni intemperante en sus comidas, ni apasionado por la gloria”.3

Amparo de los pobres y esclavos, vigilante con la ortodoxia

San Eloy se convirtió en el amparo de los pobres, a los cuales daba todo lo que recibía, a veces hasta sus propias vestimentas. El rey frecuentemente las cedía de su vestuario, sabiendo qué finalidad tendrían.

Otros protegidos de este ministro santo fueron los esclavos. Él empleaba grandes sumas para rescatarlos. Además, si eran extranjeros, les daba lo necesario para que regresaran a su patria; si no, buscaba un trabajo para ellos. Pero a todos intentaba antes ganar para la religión y para la virtud. Conservó así algunos de ellos consigo, con quienes vivía como religiosos en su casa.

San Eloy fundó varios monasterios, uno de los cuales en Limoges, destinado a monjes dedicados al arte de la orfebrería, para que con su trabajo, hecho en espíritu de oración, diesen mayor decoro a la Casa de Dios.

Fundó también dos monasterios para monjas, confiando la dirección de uno a santa Áurea de París, y la del otro a santa Godoberta. Edificó aun varias iglesias y conventos.

“Aun siendo simple laico, trabaja con ardor por la pureza de la Iglesia, persigue a los simoníacos, confunde a los herejes, reúne asambleas de obispos, construye iglesias, levanta y organiza monasterios, detiene la propaganda monotelita de los emisarios bizantinos, y peregrina de santuario en santuario y de abadía en abadía, llevándose como reliquias mendrugos del pan negro que comían los monjes”.4 Si bien participaba aún de la vida secular, “recibió eminentemente el don de los milagros. Curó a un hombre paralítico de sus miembros, a dos mancos y a un pobre cuya mano se había secado; hizo volver a la vida a un muerto, dio la vista a un ciego; multiplicó tan prodigiosamente algunas gotas de vino que habían quedado en una botella, que tuvo lo suficiente para una tropa de mendigos que le pedían limosna. Encontró milagrosamente dinero en su bolsa, después de que su caridad la había vaciado por completo; forzó, por una fervorosa oración a Dios, a que unos ladrones devolvieran la noche siguiente los más ricos ornamentos de la iglesia de santa Colomba, de donde la habían robado”.5

Pastor de almas

Muerte de San Eloy, Pedro Nunes, c. 1526 – Temple sobre tabla, Museu Nacional d’Art de Catalunya

Al fallecer san Acario, obispo de Noyon, el clero y los fieles de aquella diócesis —como era costumbre en la época— escogieron para sucederle a san Eloy, aun tratándose de un laico. Este se resistió en aceptar tamaña responsabilidad. Pero tuvo que ceder. Se preparó durante un año para recibir el sacerdocio, con san Cesario de Arlés, siendo por él consagrado obispo en mayo de 641, juntamente con su amigo san Ouen.

El obispo de Noyon era al mismo tiempo administrador de otras diócesis como Tournay, Países Bajos, lo que representaba un enorme campo de apostolado.

San Eloy visitó toda su extensa diócesis, yendo a predicar incluso a los Países Bajos, Dinamarca y Suecia. Su prédica era constante y su palabra tenía una fuerza y una energía maravillosas; pero era su ejemplo lo que más atraía a los corazones. No dejaba, sin embargo, de ser enérgico cuando la ocasión lo exigía.

Cierta vez puso en entredicho a una iglesia cuyo párroco era vicioso y daba mucho escándalo. Este sacerdote, no se incomodó con el entredicho y pretendió continuar celebrando. Cuando quiso tocar la campana para convocar a los fieles, esta permaneció muda. Y así quedó durante tres días, solo volviendo a sonar cuando el obispo, cediendo al pedido de los feligreses que afirmaban que el sacerdote se había enmendado y estaba dispuesto a hacer penitencia, levantó el entredicho. Otro sacerdote, que él había excomulgado por sus crímenes públicos e infames, quiso asimismo celebrar sacrílegamente. Pero apenas llegó al altar, cayó fulminado.

Un milagro después de su muerte

Habiendo fallecido el gran amigo del obispo, el rey Dagoberto, hijo de Clotario II, subió al trono Clodoveo II. Este se desposó con una antigua esclava que había liberado, a causa de su extrema belleza y gran virtud. Esta esclava, convertida en reina, fue también una santa: santa Batilde de Ascania. San Eloy le predijo que daría a luz a un hijo, del cual él sería su padrino. Fue lo que efectivamente sucedió. Y el obispo mandó confeccionar un juguete de gran valor artístico para su ahijado.

A él le escribió lo siguiente: “Teme a Dios siempre, dulcísimo hijo, ámale; no olvides que está siempre a tu lado. Conserva la castidad de un solo lecho; ama al que te dice la verdad, honra a los sacerdotes, acuérdate del pasado, piensa en el porvenir y cuida de no pisar los huevos del áspid con el pie desnudo”.6

En fin, habiendo alcanzado los 70 años de edad lleno de buenas obras, san Eloy llegó al término de su carrera terrena. Llorado por todos, especialmente por los pobres, entregó su alma a Dios el primer día de diciembre del año 659 de nuestra era.

“Avisada Batilde de la inmensa pérdida que acababan de tener en el reino y la Iglesia de Noyon, fue con sus tres hijos y otros muchos príncipes a ver y venerar el cuerpo de san Eloy. Quiso llevárselo consigo al monasterio de Chelles, pero otros deseaban que fuese enterrado en París. Intervino milagrosamente el Señor en favor de la voluntad del santo, que había sido de quedarse en medio de sus amados diocesanos”.7 Cuando intentaban moverlo, se volvía tan pesado que nadie conseguía sacarlo del lugar. Pero se dejó llevar a la iglesia abacial de san Lupo, en su ciudad episcopal.

La memoria de este santo permanece viva hasta el día de hoy en Francia, después de casi un milenio y medio de su fallecimiento, y es recordada a través de una sencillo cántico infantil.

 

Notas.-

1. Les Petits Bollandistes, Vies des Saints, d’après le Père Giry, Bloud et Barral, París, 1882, t. XIII, p. 4.

2. Cf. Pedro de Ribadeneira SJ, in La Leyenda de Oro, L. González y Cía., Barcelona, 1892, t. IV, p. 441.

3. Les Petits Bollandistes, op. cit., p. 5 y 6.

4. Fray Justo Pérez de Urbel OSB, Año Cristiano, Ediciones FAX, Madrid, 1945, t. IV, p. 449.

5. Les Petits Bollandistes, op. cit., p. 10.

6. Fray Justo Pérez de Urbel OSB, op. cit., p. 451-452.

7. Edelvives, El Santo de Cada Día, Editorial Luis Vives, Zaragoza, 1949, t. VI, p. 320.

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