Cor unum, anima una P. Raúl Plus SJ Cuán dichosos son los esposos que pueden decir: “¡Nos hemos amado por nuestras ideas; no hemos visto sino a Dios, y nos hemos unido para servirle mejor!”. Tal es el amor cristiano. “Pediremos a Jesucristo, que santificó el matrimonio, todas las gracias que nos sean necesarias. Le suplicaremos con fuerza, pero también con alegría, porque confiamos muchísimo en el porvenir, ya que los dos no esperamos nuestra felicidad sino de Dios”.
Y en una comunión recibida por ambos a la vez el día de sus bodas, piden a Dios “que sepan hacer contribuir siempre su amor a su propia santificación personal; que bendiga el nuevo hogar enviándoles muchos hijos, y que les conserve en su gracia juntamente con los hijos y con todos cuantos moren con ellos bajo el mismo techo”. A veces se oye decir que no existe un solo ejemplo de esposos que vivan efectivamente la santa ley del matrimonio, tal como Dios la dictó y fue santificada por Jesucristo. ¡Grave error! Existen más de lo que se cree. Y han existido en todas las épocas, gracias a Dios. En la Iglesia primitiva, Tertuliano, creyendo próxima su muerte, escribe dos libros titulados: A mi mujer, Ad uxorem. En el último capítulo del libro segundo traza del matrimonio este imperecedero cuadro, que nunca meditaré bastante. Ensalza “la dicha del matrimonio que la Iglesia aprueba, que la oblación confirma, que la bendición sella, que los ángeles certifican, que Dios ratifica. ¡Qué alianza la de dos fieles unidos por una misma esperanza, bajo una misma disciplina, en una misma dependencia! Los dos son hermanos, los dos son siervos de un mismo amo; nada los distingue en el espíritu ni en el cuerpo. Los dos son en verdad una misma carne; donde no hay sino un cuerpo, hay también un solo espíritu. Juntos oran, juntos se arrodillan; el uno enseña al otro, el uno es sostenido por el otro. Los dos están juntos en el templo, juntos en el banquete divino, juntos en la prueba, en la persecución y en la alegría, y son incapaces de ocultarse nada, de rehuirse, de importunarse. Con entera libertad visitan a los enfermos y asisten a los pobres; sin molestia recíproca, hacen limosna exentos de inquietud; asisten al santo sacrificio y se conservan sin encogimiento en el fervor de todos los días. No saben de furtivos signos de cruz, de felicitaciones temblorosas, de bendiciones mudas. Cantan himnos y salmos, y rivalizan por ver quién cantará mejor las alabanzas de Dios. Jesucristo se alegra de verlos y oírlos, y les envía su paz. Dondequiera que los dos se encuentren, Jesucristo está con ellos. “Tal es el matrimonio del que nos hablaba el Apóstol… Los fieles no pueden desposarse de otra manera”. ¡Pueda vivir yo en mi hogar semejante ideal! Rogaré a Dios que así lo quiera.
P. Raúl Plus SJ, Cristo en el Hogar, E. Subirana, Barcelona, 1960, p. 377-379.
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